Adiós a Nihil Obstat | Hola a The Catalán Analyst





Después de 13 años de escribir en este blog prácticamente sin interrupción, hoy lo doy por clausurado. Esto no quiere decir que me haya jubilado de la red, sino que he pasado el relevo a otro blog que sigue la misma línea de Nihil Obstat. Se trata del blog The Catalán Analyst y de la cuenta de Twitter del mismo nombre: @CatalanAnalyst . Os los recomiendo.



Muchas gracias a todos por haberme seguido con tanta fidelidad durante todos estos años.


jueves, 22 de septiembre de 2011

Los palestinos nunca han querido el Estado que les ofreció la partición

Es tan emocionante que los palestinos pidan finalmente un Estado, que estoy a punto de llorar. Durante casi 65 años se han opuesto al mismo y cuando han tenido la oportunidad de empezar a construir uno en Gaza y Cisjordania no lo han hecho. En lugar de construir escuelas, hospitales, carreteras e instituciones decentes y democráticas, se han dedicado a matarse entre ellos, a posponer elecciones "sine die", a violar los derechos humanos de sus ciudadanos, a atentar contra civiles judíos, a bombardear las poblaciones israelíes limítrofes, a inculcar a sus niños el odio a Israel y a vivir corruptamente de la ayuda internacional. Ahora, sin embargo, quieren que el mundo les reconozca el esfuerzo regalándoles la silla 194 de las Naciones Unidas.

Desde 1947, cuando la ONU aprobó la partición de Palestina en un estado judío y otro de árabe, hasta los acuerdos de paz de Oslo de 1992, nunca habían querido oír hablar de constituir un estado palestino. ¿Por qué? Pues porque aceptar el estado previsto en la partición era aceptar también la existencia de Israel. El objetivo de todos los movimientos palestinos habidos y por haber no ha sido nunca el compartir la tierra prometida, con un estado para cada pueblo, sino la destrucción del Estado hebreo. Un objetivo compartido por la mayoría de gobiernos árabes, que han intentado llevarlo a la práctica reiteradamente al declarar la guerra a Israel en cuatro ocasiones: en 1948, en 1956, en 1967 y en 1973.

Este escenario pareció que cambiaba con el fin de la guerra fría, que dejó sin apoyo financiero a un Yasser Arafat que ya empezaba a ser contestado por el creciente islamismo palestino. Con una dirección envejecida, con el estallido de una Intifada en los territorios ocupados que se escapaba al control de la dirección palestina y con la evidencia de que no era posible derrotar Israel ni con la guerra ni con el terrorismo, la Organización para la Liberación de Palestina se vio obligada a negociar. Los acuerdos de Oslo permitieron crear una Autoridad Palestina autónoma y poner en marcha un proceso que debía culminar con la creación de un estado palestino en buena vecindad con Israel. Pero los palestinos, azuzados ahora por Hamás y la Yihad Islámica, siguen siendo reticentes a reconocer la existencia del estado hebreo. Algunos palestinos lo han aceptado con realismo sincero, pero la mayoría lo considera una etapa transitoria, un repliegue táctico en la lucha hacia una sola Palestina, desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo.

Esta realidad política y sociológica explica en gran parte las reiteradas negativas de Arafat a culminar el procés de pau. Así, cuando el primer ministro laborista Ehud Barak ofreció, en las negociaciones de Camp David II y Taba, reconocer la jurisdicción del futuro estado palestino sobre casi el 95% de los territorios ocupados, así como dar a los palestinos responsabilidades importantes en la administración y el gobierno del Jerusalén oriental, Arafat dijo no. Más preocupado por mantener la poltrona que en avanzar en la resolución del conflicto, acusó a los israelíes de ofrecer cosas innaceptables y dio luz verde a la segunda Intifada. Aunque la propaganda ha querido responsabilizar a Ariel Sharon de haberla "provocado" con su visita al recinto exterior de la mezquita de Al Aqsa, la investigación realizada por la Comisión Mitchell lo descartó, asegurando que la violencia palestina debería estallado igualmente.

Pero a diferencia de la primera Intifada, basada en manifestaciones callejeras relativamente pacíficas (1.162 palestinos y 164 israelíes muertos en seis años), la segunda ha sido una Intifada armada, que en 10 años ha provocado la muerte de 5.500 palestinos, 1.214 israelíes y 64 extranjeros. Los atentados contra civiles israelíes llegaron al paroxismo (140 atentados, la mayoría suicidas, que mataron 542 israelíes entre 2000 y 2007), enterrando el proceso de paz y llevando a Israel a erigir un muro de separación que, a pesar de todas las críticas, ha permitido acabar prácticamente con la infiltración en Israel de terroristas palestinos.

En este contexto, sería un despropósito que la ONU reconociera ahora como estado independiente los territorios palestinos. Sería como desllegitimar todas las Resoluciones, Acuerdos y Tratados que tantos esfuerzos políticos y diplomáticos han costado (desde las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad a los acuerdos de paz firmados en 1995 entre el gobierno de Israel y la OLP pasando por los acuerdos de paz de Camp David entre Egipto e Israel). Pero sobre todo, lo que estaría haciendo es dinamitar la filosofía, la piedra angular del proceso de paz, resumida en la fórmula "tierra a cambio de paz".

Una fórmula que presupone que las fronteras definitivas entre ambos Estados serán fruto de la negociación y no de la imposición y que la creación del nuevo estado no debe comportar una amenaza a la seguridad de Israel. A pesar de la confusión creada por la redacción del texto de la resolución 242 (que establece, según la versión inglesa o francesa, la retirada "de territorios" o "de los territorios" ocupados en 1967) la voluntad de sus redactores y de los países que la votaron era clara. Como explicó Lord Caradon, el embajador británico en la ONU que la redactó: "habría sido un error aceptar la demanda del retorno de Israel a sus posiciones del 4 de junio de 1967, por qué aquellas posiciones eran indeseables y artificiales" por indefendibles.

Y eso es precisamente lo que quiere Mahmud Abbas con la demanda de reconocimiento de Palestina como Estado por las Naciones Unidas. Quiere evitar reconocer Israel como estado judío en fronteras reconocidas y seguras, quiere eludir la responsabilidad de un compromiso negociado con los israelíes y, sobre todo, quiere que el espejismo del estado palestino le permita seguir aferrado a la teta del poder. Para ponerse a llorar.